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          • El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia.

Gabriel García Márquez / Cien años de soledad

The monumental clock tower in the city centerA lo lejos, el ruido de autos, camiones y carcachas hace un poco insoportable el ambiente. La Poeta y Sabana platican en medio de un parque interno entre las calles y las casas de la colonia. Se pueden ver las luces del parque Ben Gurión y disimuladas tras las casas, las luces de la plaza comercial. Las mujeres platican alegremente mientras este escribidor, atento, con pluma y papel (infaltables, indispensables), va anotando los fragmentos y las frases de las dos pachuqueñas de corazón que conversan de los tiempos idos, de las épocas de infancia.

“¿Te acuerdas? No había más paseo que “guerrerear”?

“Sí, te encontrabas a todos…”

“Y después, a Revolución, con los chavos en sus carros y las chavas paseándose con sus hermanos o sus papás… Era un pueblito, Pachuca.

Y hablan, la pachuqueñas de las grandes extensiones de tierra que se podían atravesar en pos de la aventura, en pos del sueño infantil de cruzar las selvas, los desiertos, los países del mundo para llegar a El Chacón o a los jales mas remotos y lejanos, como dunas del desierto de Sahara. Hablan de las calles donde todos te conocían y a todos conocías.

“Mi mamá recuerda que no había lugar al que fueras, en que no conocieras a alguien…”

“Lo mejor es que podías vivir una infancia tranquila y sin tantos recelos. A pesar de estar tan cerca del DF…”

“Sí, pero lo malo es que lo que nos protegía era la pobreza endémica del estado, ¿no?…”

“Pero vivíamos bien, tranquilos. No nos molestaban los chilangos, ni los mexiquenses…”

Y sueltan una risa comprometida, que algo tiene de xenofobia y desencanto.

Sí, el desencanto de esta Pachuca nuestra, de cada día, convirtiéndose a passos agigantados en una ciudad en toda forma, con sus vicios y sus virtudes, con sus vías rápidas y su disminución progresiva de los espacios de convivencia ciudadana, a menos, claro, que quiera convivir mientras compra en las múltiples y variadas plazas comerciales.

“Mi hermano dice que cuando alguien “nuevo” bajaba del camión, al siguiente día aparecía en el periódico: ‘el día de ayer llegó a visitarnos fulanito de tal, que se quedará unos días disfrutando del benigno clima de la Bella Airosa…’ ¿Te imaginas? “

“Ahora ya somos como todas las ciudades, no nos importa ni el vecino, menos los visitantes…”

Les hago ver su velada xenofobia, pero reviran con virulencia,

“Sí, hagamos un movimiento anti-chilango, para acabar con la inseguridad en Pachuca…”

Ríen de buena gana y aceptan. Pero después se quedan calladas y al fin, Sabana distiende una sonrisa que más parece una mueca de recuerdo que duele.

“No, la verdad. Pero sí, fíjate, éramos Macondo y todo era como nuevo y todo era como estar con una gran comunidad de la que no tenías escape, pero de la que tenías la seguridad de protección… ahora, pues sí, seguimos pareciendo Macondo, pero después de que huyeron los gringos de los bananos…”

Ante la cita culta de Sabana, me remito a mi memoria para rescatar el paisaje de un Macondo bello, pero desvastado, macilento y turbulento.

Una pelota, surgida de ningún lado, le pega a la Poeta en la cabeza y sólo escuchamos la risa y el escape de un niño. El más valiente se acerca y me pide la pelota. Algo le digo sobre el cuidado, pero no me hace caso, se va, rápido, como el tiempo que recordaron hace unos minutos las mujeres que acompaño.

Nos vamos caminando, sin premuras, escuchando el ruido de los autos y el lejano rumor del viento, que se descuelga desde la sierra hidalguense y nos trae los aires de quel Macondo que fuimos y no seremos nunca más.

En el Twitter, a partir de una idea de Isopixel, se generó un experimento que por lo visto, puede tener repercusiones más allá de la red.
El asunto es que se necesita de la ayuda de la gente para resolver una situación precaria.

La información completa, la pueden ver aquí.

Saludos a todos y no dejen de cooperar.

Con una emoción inmensa, les participo: la Poeta (Mi Poeta), presenta a la Poeta. No me cabe un alfiler…

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