La basura como forma de vida / III y última
Marzo 8, 2007 por Miguel Ángel Torres Vera
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Soy hombre:
duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
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Octavio Paz / Hermandad
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Silueta delgada que parece quebrarse cuando carga su cubeta sobre la pendiente, Engracia sabe que es mejor maña que fuerza y no vacila en impulsar peligrosamente el contenedor de agua y ponerlo sobre un cajón que ha puesto junto a un automóvil. Las personas que la ven no dan crédito. Algunas sonríen y otras se sonrojan y velan la mirada. No es para menos, pienso al verlos.
Y es que Engracia resulta un personaje bastante extraño en la Nueva Morelos. Pequeña y delgada, siempre de falda y mandil, menuda morena de 58 años lavando automóviles, asombra a propios y extraños.
“Cuando me dijo que lo iba a hacer, no lo creí, me dice una vecina. ¡Se ve tan delgadita ella!, ¿verdad?”
Pero para Engracia la necesidad es más grande que el esfuerzo.
Comienza su jornada muy temprano, “a las seis o cinco y media ya estoy despierta”, para preparar sus alimentos, mandar a su nieto a la escuela y lavar lo que haya de ropa sucia pendiente.
Sale a las nueve de la mañana y “pongo mi puesto: mi banco para las cubetas de agua, mis trapos y mis escobetillas, para limpiar los asientos y el piso de los carros”, porque a esa hora, los primeros clientes ya le dejan su carro para la limpieza.
“Al principio no se me acercaba nadie, como que no creían que les podía lavar bien su carro. Pero gracias a Dios, poco a poco fueron llegando los clientes y ahora, ya no hay día que no me gane unos centavos”.
Viuda desde hace más de tres lustros, Engracia tiene tiempo para todo y esperanza siempre. Sabe que la vida no es fácil y que nadie le va a regalar nada.
“Me han dicho que en el distrito, a los viejos como yo les dan una ayudadita mensual, pero ni modo que sólo por eso me vaya allá… ¡¿Qué haría yo sola en esa ciudad tan grande?!”
Un carro se detiene y pregunta por el precio y el tiempo:
“Se lo tengo en una hora, señor. Le cobro barato, 30 pesos para que regrese”.
El hombre lo estaciona frente a la acera donde está Engracia y advierte que llegará en una hora exacta. Su actitud me molesta un poco, pero me abstengo de intervenir.
“Pues mire, señor… ¿Torres, me dijo?… Bueno, pues mire, sí, hay personas que son groseras, pero yo creo que es el tipo de vida que llevan. Han de estar muy preocupados por muchas cosas. Por eso ni me enojo, además, me puede hacer daño para mi ‘diabetis’…”
Ayudo a transportar las herramientas de trabajo y mientras ella me platica de algunos de sus clientes, de sus reclamos y de sus desventuras, me alejo mentalmente un poco de este recalcitrante clima de pobreza teñida de esperanza.
Pienso en su marido muerto, en su hijo que no llega nunca y su nuera en “quién sabe dónde”. Pienso en la carga de tener que educar a un adolescente, del dinero que implica sostenerle los estudios (“Afortunadamente, mi niño es muy estudioso y no me da problemas. Salió a su abuelo –que en gloria esté– y eso es una bendición”), en la injusticia que significa su trabajo diario y la falta de apoyo a personas en su condición.
“Algunos dejan dinero en sus carros, pero yo ni lo toco. Todo lo que me encuentro en el piso, se los doy”.
Pregunto por la ganancia, pero la evasiva propia de mexicanas y mexicanos, resulta sutil “no mucho, pero nos alcanza a mi nieto y a mí”, y dejo de insistir. Poco importa si al día lava diez o dos automóviles. Lo cierto es que en cada hora de trabajo pesado, deja algo más que la vida, algo que nadie, nunca, le volverá a dar.
“Antes, señor, tenía la esperanza en que mi hijo regresaría del “otro lado”, o que nos mandaría algo de dinero. Pero no, ahora ya no espero eso y salgo a trabajar, mientras pueda, porque no tarda Dios en llamarme a cuentas”, me dice con una sonrisa y un dejo de amargura.
Me despido de ella, prometiéndole conseguir clientes para su negocio (“los sábados y domingos, mi nieto me ayuda y sacamos un poco más, así que si conoce a alguien que necesite que le laven su carro, me lo ‘avienta’”) y quedo pensando en los miles de mexicanos muertos en el intento de cruzar la frontera norte y un nudo se me hace en la garganta.
Pero antes de poder quitarme la pena anticipada, Engracia sacude mi entendimiento:
“¿Sabe? Yo creo que mi hijo se murió y que no lo volveré a ver más…”
Sólo atino a esbozar una sonrisa estúpida y camino de prisa, entre el ruido del medio día.